Lo oculto de la Cruz

El símbolo de nuestra fe es la cruz. Quien desconoce quién es Jesucristo, su vida, pasión, y resurrección; con justa razón puede exclamar ¡Qué Horror! Nosotros, que sabemos quién ese Cristo fijo en la cruz, diremos ¡Cuanto nos ama!

Hoy muchos quieren hablar solo de Cristo resucitado y olvidar el Calvario. Olvidando que Él nos dijo “Y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí”[1], no dijo desde la Gloria, hablaba del madero. Es su Pasión la que ejerce ese magnetismo que no nos puede dejar indiferentes.

Jesús no hace nada en vano, toda su vida es una pedagogía perfecta, “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”[2] Si Él eligió la cruz, pues esta es el camino.

Sin Cristo, la cruz es ignominia, es vergüenza, es castigo. Por lo mismo era usada como método disuasivo para crímenes graves, dado que es una muerte lenta y horrible. Pero “He aquí, yo hagonuevas todas las cosas”[3]. Debemos por tanto anhelar descubrir esa novedad, el misterio, la sabiduría que esconde… Los santos deseaban la cruz, la pedían al Señor y todo sufrimiento se les hacía pequeño. Ellos descubrieron el tesoro que estaba oculto a la vista.

La mayoría de nosotros aun vemos la cruz como carga pesada, nos resistimos cuando nos sale al encuentro y tantas veces le rehuimos. Pero creemos, creemos que es el camino y que esconde tesoros inmensos. Tenemos el deseo de amarla como Jesús lo hizo, como los santos le imitaron. Pues, ¡Ánimo, tenemos buen norte!

Una cosa es lo que sentimos ante la cruz, otra la que creemos. Ante Jesús hecho una llaga en la cruz, la vista se resiste, no daban ganas de mirarlo, sin embargo, el centurión exclama “Verdaderamente este hombre es hijo de Dios”.

San Bernardo en sus sermones sobre el Cantar de los Cantares se pregunta por qué este hombre lo advierte aun contra toda apariencia; colgado como estaba Jesús entre malhechores, deforme y abandonado.

El centurión estaba frente a él, al ver que había expirado dando ese grito, lo reconoció[4].  Creyó a lo que oyó y, no por lo que vio, reconoció al Hijo de Dios.

“El oído escucha lo que no pueden percibir los ojos. La apariencia traicionó a los ojos; la verdad penetró por el oído. Los ojos denunciaban su debilidad, su deformidad, su miseria, su condenación al patíbulo. Los oídos lo reconocieron hermoso e Hijo de Dios”[5]

“El Centurión no despreció lo que vio, porque creyó lo que no vio. Pero no creyó por lo que vio, sino indudablemente por lo que oyó, pues la fe sigue al mensaje.”[6]

Primero creer, luego comprender.

Creemos pues que la cruz esconde tesoros inmensos, sabemos, porque Cristo nos lo dijo, que la cruz es el modo de seguirlo. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”[7].

El comprenderlo acabadamente y verlo con los ojos del alma, será el premio a creer fielmente lo que hemos escuchado. Nuestro esfuerzo ha de ser por tanto abrir el oído y vivir de acuerdo a esa verdad que la fe nos presenta. Nos haremos dignos de esa visión sabiendo obedecer a lo que hemos oído. Contemplaremos confiados aquello a lo que, escuchado, rendimos obediencia.

Que penetre en nuestros corazones la verdad que hemos oído, que Dios limpie nuestra vista, y nos prepare una visión gozosa respondiendo a nuestros deseos del corazón. ¡Señor, que vea!, que vea aquello en lo que creo firmemente porque de ti lo he oído.

El Espíritu Santo sigue este proceso en nuestra formación espiritual, si deseamos ver a Cristo, primero hemos de oírlo para luego poder exclamar “lo que hemos oído lo hemos visto”[8] San Bernardo nos dice: “Es inmenso su resplandor y tu vista débil no puede soportarlo. Puedes oírle, no verlo (…) el oído es el receptáculo de la palabra de Dios”[9]

Isaac oyó la voz de su hijo Jacob, que era lo cierto, pero sintió los brazos, olfateo de Esaú. Gusto un cabrito de casa como un

venado. Sus otros sentidos le engañaron, el oído le mostraba la verdad.

El conocimiento más cierto nos lo da la fe; la cual se abraza a lo que ignoran los sentidos y no busca la experiencia. Esta no tiene los límites de los sentidos ni de la razón humana. Hay cosas que nuestra mirada no llega a ver. La cruz debemos contemplarla con los ojos del alma, y hasta que se nos abran, debemos creer. “Dichosos los que creen sin haber visto”[10] Poseamos con más certeza, sigamos con más seguridad lo que la fe nos aconseja, desconfiemos de los sentidos en aquello que los supera.  “Lo que el ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado, la fe lo lleva cerrado y lo guarda sellado dentro de sí misma.”[11]

Lo que ahora vemos como vileza, aquello que nuestros sentidos rechazan, se volverá bello. “Es deforme para el tacto, deforme para la mirada, deforme, en fin, para tu deformidad, porque te apoyas más en los sentidos que en la fe.”[12]

¿Queremos comprender la sabiduría oculta de la Cruz? Creamos. Creamos y Dios nos abrirá la mirada del espíritu, creamos y veremos.

Bajo aquello de la cruz que espanta a los sentidos, existen tesoros y riquezas inigualables que queremos descubrir. Creamos y Dios nos los mostrará.

Es una gracia, pidámosla cada día. Muéstranos Señor la sabiduría de la cruz, haznos desearla como lo hicieron los santos, ¡AVE CRUX, SPES UNICA!


[1] Jn 12,32

[2] Jn 14, 6

[3] Apoc 21,5

[4] Mc 15, 39

[5] Sermones sobre el Cantar de los Cantares, San Bernardo, Sermón 28

[6] Idem

[7] Mt 16,24

[8] 1 Jn 1,1

[9] Sermones sobre el Cantar de los Cantares, San Bernardo, Sermón 28

[10] Jn 20, 29

[11] Sermones sobre el Cantar de los Cantares, San Bernardo, Sermón 28

[12] Idem


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